lunes, 22 de agosto de 2011

HISTORIA - El Palacio Miró

En el año 1841, don Mariano Miró, en pública subasta y en la más leal puja, adquirió el valioso solar ubicado entre las calles Viamonte, Córdoba, Libertad y Talcahuano.
En ese mismo lugar, don Mariano, uno de los pioneros del barrio hizo levantar un suntuoso palacete de tipo suburbano, de dos plantas, galería perimetral en el piso bajo y un vistoso mirador. Su construcción estuvo a cargo de los arquitectos genoveses Nicolás y José Canale, padre e hijo y fue inaugurado en 1868.
Miró había contraído enlace con doña Felisa Dorrego, sobrina del ilustre militar federal inmolado en Navarro. El esposo tenía entonces 35 años, mientras que Felisa apenas 16.
Si bien no tuvieron hijos, se perpetuaron con numerosas obras de bien público.
Ese palacio y el parque que lo rodeaba fueron motivo de permanente admiración, en especial por su valiosa arboleda rica en finísimos ejemplares, algunos desconocidos en el país.
Que porteño de ayer no recuerda todavía la belleza del palacio Miró, con su enrejado simple y fuerte, cuyos pilares tenían imponentes jarrones con cactos, el jardín estaba adornado por leones de mampostería y se habían plantado especies exóticas. Una verja sencilla lo rodeaba, con pilares coronados por jarrones en donde se advertían cactáceas; el camino que conducía por el parque hacia la escalinata de mármol, el corredor y los lujosos aposentos, sus salones decorados con valiosas obras de arte, su señorial fachada, la vidriera en forma de cúpula servía de remate al edificio. A ambos lados del portón de acceso, las columnas remataban en bustos romanos.
A la muerte de sus dueños – don Mariano falleció en 1871 y doña Felisa el 4 de diciembre de 1896 – el palacio pasó a manos de su sobrina Ernestina Ortiz Basualdo casada con don Felipe Llavallol, hijo del primer presidente del directorio del F.C.O.

El 21 de agosto de 1881, Felisa Dorrego fue sorprendida por un hecho macabro, que terminó siendo policial. Recibió una extensa y amenazadora carta en la cual le comunicaban que, a fin de cobrar un rescate, los restos mortales de su madre, Inés Idarte Dorrego, habían sido retirados de su bóveda familiar y ubicados en otro lugar. Que sólo lo restituirían bajo una condición, “si ustedes quieren ser condescendientes con nosotros”.
Con más claridad y en el resumen: “usted Doña Felisa Dorrego de Miró y familia nos abonarán en el término de veinticuatro horas la cantidad de dos millones de pesos, que son ochenta mil patacones, si quieren que los restos de su finada madre sean devueltos intactos al santuario mortuorio de la familia, donde han sido sacados, sin que nadie sepa de lo ocurrido, se lo juramos”.
Extensamente y en forma numerada señalaban los paso a seguir. Acompañaban la carta firmada con las iniciales los C. de la N., con un cajón sencillo y de madera ordinaria, pintado de colorado, donde debían colocarse la suma con sello sin dirigirle siquiera la palabra, no hacerle preguntas de ninguna clase, que pudiera darle sospecha de algo, o hacerle maliciar que va a llevar consigo valores.
Tomaron parte en el asunto los sobrinos de Doña Felisa Dorrego, se trasladaron a la Recoleta, constaron la desaparición del ataúd de la bóveda familiar, pero sin mucho investigar advirtieron que habían sido depositados, sin daño en la bóveda vecina de la familia Requejo, a la que se había violentado el candado.
Asegurados al respecto, se decidió seguir con la comedia. Felipe Llavallol y su esposa dieron parte a la policía, atendiendo en todo las instrucciones de los secuestradores. Hábilmente siguieron los rastros del que había retirado el cajoncito en el que se habían colocado papeles de diario en el lugar del dinero. Así llegaron hasta la estación de Retiro, donde el cofre pasó a manos de otro hombre que emprendió viaje rumbo al norte; sin más vueltas detuvieron al hombre, lo interrogaron, confesando que él tenía que tirar el cajoncito a la playa del arroyo Maldonado. Persiguieron a los que allí aguardaban y todo culminó con la detención de los miembros de los C. de la N., una banda que se autollamaba los caballeros de la noche.
El hecho tuvo amplia difusión periodística y originó un pleito que duró dos años después, el defensor Dr. Rafael Calzada logró la libertad para los imputados pues nuestro código penal no contemplaba tal delito. A partir de entonces se incorporó el artículo N° 171, que impone de dos a seis años de prisión al que sustrajese un cadáver para hacerse pagar por su devolución.
A pocos años de este suceso, la familia volvió a ser protagonista de otro hecho contradictorio: el 19 de diciembre de 1887, quedó inaugurada a escasos metros de su residencia, en el centro de la plaza del parque, la estatua del General Juan Galo Lavalle.
La señora Felisa Dorrego de Miró, a partir de ese momento decidió cerrar la puerta principal y sellaron las ventanas de la casa que miraban hacia el monumento. Ello hizo pensar por mucho tiempo, que la residencia estaba inhabitada.

Años después, durante la revolución de 1890, que tuvo a la Plaza del Parque, como principal escenario, el palacio Miró sufrió un gran deterioro, pues, fue cantón revolucionario al mando primero del mayor Fernando Cabrera y luego del mayor Carlos Soler. Del mirador vidriado solo quedó el armazón de hierro. La enorme balaustrada sobre la calle Libertad, quedó destruida. Las balas de los Rémington habían causado destrozos en las ventanas y en las paredes interiores. Las estatuas de las hornacinas ya no estaban en su lugar y una sección de la verja junto a algunos árboles habían sido destruidos.
Esta residencia también fue escenario de uno de los saraos más importantes que se le ofreció a la Infanta Isabel, embajadora del Rey Alfonso XIII, durante los festejos del Centenario y tuvo como escenario al palacio.
La Nación del lunes 30 de Mayo de 1910, nos da una visión anticipada de lo que sería la gran fiesta: “el palacio Miró, que representa una tradición de abolengo, ha sido espléndidamente engalanado; sus salones, adornados con plantas y flores, y las galerías cubiertas de cristales y bien calentadas, han sido habilitadas para la fiesta. Los esposos Llavallol pensaban y tenían resuelto servir una cena en pequeñas mesitas, pero la inclemencia del tiempo los ha obligado a suspender esta parte de la fiesta”.
Dentro del edificio se encontraba en una galería recubierta de hiedra, luego, se llegaba al gran hall alfombrado de granate. Grupos de palmas decoraban los ángulos del mismo.
A las 23:15 hs, llegó el Presidente de la República, doctor Figueroa Alcorta. Momentos después llegaba la Infanta, en un lujoso automóvil.
La expropiación
En el año 1936 la respectiva ley de expropiación le había fijado su última hora con los siguientes términos:
El senado y cámara de diputados de la Nación Argentina en el Congreso etc. sanciona con fuerza de Ley:
Art. 1 – Declárase de utilidad pública los terrenos e inmuebles de propiedad particular, conocido generalmente como Palacio de Miró, situados en la manzana comprendida por las calles Viamonte, Córdoba, Libertad y Talcahuano, y el solar de metros cuadrados 24.643, propiedad de la congregación de la Santa Unión de los Sagrados Corazones, situados en la calle Rivadavia entre Campichuelo y Videla Dorna, frente al parque Rivadavia.
Art. 2 – Autorízase a la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, para efectuar las expropiaciones correspondientes de acuerdo con la Ley 189, de 13 de Septiembre de 1866.
Art. 3 – Autorízase a la Municipalidad de Buenos Aires, para contratar un empréstito especial con destino al pago de las expropiaciones de referencia.
Art. 4 – Comuníquese al Poder Ejecutivo.
Dada en la sala de sesiones del Congreso A


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